En tan sólo unos minutos, los robustos cimientos sobre los que se sustentaba mi vida, se desmoronaron como castillo de naipes, dinamitados por una potente explosión de dolor, sufrimiento e incertidumbre.
- Se está desangrando por alguna arteria desgarrada en el acto quirúrgico.
Tras esas desdichadas frases, el facultativo exhalo una entrecortada bocanada de aire, vaciando su compungido pecho, y sólo entonces fui consciente de lo crítica que era la situación.
A partir de ese momento todo fue una sucesión de febriles acontecimientos, bolsas de sangre, ambulancias, camillas, doctores con semblante serio que nos preparaban para el fatídico final…
Hubo un gran vacío, un momento de auténtica angustia, donde la vida del ser que más quiero pendía de un hilo. Solo cabían dos posibilidades, la vida o la muerte y en unas pocas horas se despejaría la cruel incógnita.
Me estaba ahogando, notaba como mis fuerzas se desmenuzaban como azucarillos y mi alma sucumbía ante el descomunal oleaje de impotencia que trataba de sumergir mis esperanzas en el abismo.
Fue entonces cuando alguien me lanzó un salvavidas donde asirme, la tabla de salvación que me mantuvo a flote. Ahora sé que ese objeto no llego a mí por casualidad, ese Rosario esperaba sobre mis temblorosas manos a que le pidiera auxilio.
Con las pocas fuerzas que me quedaban de tanto sollozar, mis labios entonaron un débil Padre Nuestro, en ese mismo instante el Señor me cogió fuerte de la mano y comenzamos a caminar juntos por el tortuoso sendero del dolor.
Para ser sincero, no sabía muy bien como se rezaba un rosario, por lo que es evidente que la oración a lo largo de mi vida siempre ha sido escasa.
A la vez que entre lágrimas imploraba a el Padre que no se llevara a mi ser querido, me consumía un gran sentimiento de culpabilidad, por la hipócrita actitud que hasta entonces había mantenido hacia el amigo que siempre nos ama como somos. Sabía que le había dado las espalda hacía mucho tiempo, pero a Él nunca le importó.
Lo normal es que, según los profesionales que atendieron mi mujer, hubiera fallecido, y sin embargo sobrevivió. Mis oraciones fueron atendidas.
Al fin, la bengala de socorro se alzó en el cielo, rasgando con su poderosa ignición las oscuras tinieblas e iluminando con luz vida, donde sólo se esperaba la muerte.
Ahora, en plena resaca de todos estos acontecimiento y desde la serenidad, miro hacia atrás intentando buscar sentido a lo sucedido.Después de adentrarme en un complejo laberinto de incógnitas sin respuestas, sé que es inútil tratar de desvelar los misteriosos planes de Dios.
En mi corazón me ha quedado una pequeña semilla que anhela germinar dentro de mí, una mota de fe, que aunque microscópica e inexplorada, sé reside en mí. Es un rescoldo que quiero azuzar y convertirlo en avivadas brasas que reblandezcan con su calor, los entumecidos engranajes de mi alma.
En aquella triste noche, otro Rosario viajó con mi maltrecha mujer, primero engarzado a sus mortecinas manos y luego atado a un hierro en la cabecera de su cama, la cual transitaba velozmente hacia la salvación, por los oscuros túneles del viejo hospital . Ahora, tras la tempestad, queremos que el final del viaje de ese Rosario sean las manos del doctor que la operó. No le tenemos rencor por lo sucedido, sabemos que no tiene culpa de nuestro dolor, sólo pretendemos agradecerle sus buenas intenciones con el mejor regalo que le podemos ofrecer.
Que el Señor le mantenga el Don que le ha dado para sanar enfermos con la destreza de sus manos e inteligencia, y le de fuerzas para sostener firme su Cruz, sea cual sea.
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